José Miguel Fernández Sastrón.
La cultura armenia, una de las más antiguas del mundo, con manifestaciones que se retrotraen hasta los primeros milenios a.C., nos deja un rico legado que abarca múltiples áreas como la literatura, el arte en sus diversas manifestaciones, la música o la gastronomía. A lo largo de la historia, Armenia ha estado en la encrucijada de imperios y civilizaciones, lo que ha contribuido a enriquecer su patrimonio cultural sin menoscabo de una identidad propia y única.
Sin irnos demasiado atrás en el tiempo, autores como Hovhannes Shiraz o Silva Kaputikyan nos hablan de su creación literaria y su poética visión de una historia impregnada de los desafíos de un pueblo que ha sabido sobreponerse a los grandes retos a que se ha visto sometido a lo largo de su trayectoria existencial. Además, la diáspora ha sido un elemento trascendental en la aportación armenia a nuestra riqueza cultural y, producto de ella, la proliferación de nombres relevantes que han desarrollado su actividad artística e intelectual por todo el mundo, sin renegar de su origen ni abdicar de sus raíces, contribuyendo a extender su acervo cultural y la admiración por una tierra que ha dado tan excelsos frutos a la cultura popular contemporánea.
Me van a permitir que me centre en dos de ellos, ambos del ámbito musical, que es en el que he desarrollado principalmente mi carrera profesional.
El primero, indiscutible y al que la mayoría de los lectores recordarán, es el inolvidable Charles Aznavour, hijo de inmigrantes armenios que huyeron de las persecuciones otomanas durante y después del Genocidio Armenio de 1915 y que encontraron refugio en Francia, donde nació nuestro admirado Charles, que nunca olvidó sus orígenes ni el dolor de la tragedia armenia, que siempre estuvieron presentes en su vida, a lo largo de la cual se mantuvo como un firme defensor de los derechos de su pueblo y trabajó afanosamente en la promoción de la cultura armenia en el mundo. Su carrera musical, cargada de éxitos a nivel mundial, ha sido glosada por cronistas más relevantes que quien suscribe estas líneas y poco podría aportar a lo ya expuesto sobre este ilustre creador de emociones. Sólo, quizás, añadir que tuve el honor y el privilegio de conocerlo personalmente durante unas vacaciones en Marrakech, cuando lo vi sentarse en una mesa contigua a la que yo ocupaba en la terraza del hotel en que nos alojábamos. Naturalmente, no pude resistirme al impulso de abordarlo, que él recibió con esa afable resignación de quien está acostumbrado a trances similares, pero con una sincera cordialidad cuando la conversación se prolongo algo más de lo habitual en estos casos y una sonrisa que guardo entre mis tesoros existenciales, mucho más valiosa que el autógrafo que no le solicité. Tampoco entonces (hablamos de mediados de los noventas) íbamos provistos de móviles con cámaras fotográficas, lo que no me permitió inmortalizar tan memorable circunstancia.
Charles Aznavour, el Poeta cantor, nos dejó en 2018, un primero de octubre, a los noventa y cuatro años, tras una vida plena y generosa y el recuerdo de una voz que llenó tantas veces nuestro espíritu de esa nostalgia que invade nuestros corazones al escuchar sus versos inmersos en las melodías inolvidables que nos lega para siempre.
El segundo, es un personaje menos conocido por el gran público, tal vez, aunque su trayectoria profesional es también muy exitosa, pero en un género menos comercial, y sus actuaciones en vivo llenan auditorios y teatros de un ecléctico aforo que no quiere perderse la vertiginosa carrera de sus dedos por el delgado mástil de su violín y la cadencia enérgica de sus notas, que nos hieren, para
luego sosegar nuestra sobrevenida excitación extática con la calidez de sus pausas estudiadas y sus silencios purificadores.
Para los que no lo hayan adivinado ya, hablo de Ara Malikian, uno de los violinistas más reconocidos a nivel mundial, no solo por su asombrosa técnica y su virtuosismo, sino por su capacidad para fusionar la música clásica con géneros populares y contemporáneos, nacido en Beirut, Líbano, en el seno de una familia armenia. Su trayectoria está también profundamente marcada por la tragedia de la guerra civil libanesa, que estalló cuando él era un niño. Sin embargo, a pesar de las dificultades, su padre, un violinista aficionado, vio en él un talento natural para la música y le proporcionó su primer violín a la temprana edad de 5 años. Con solo doce, ofreció su primer concierto importante, y poco después, a los quince, obtuvo una beca del gobierno alemán para estudiar en la prestigiosa Hochschule für Musik und Theater de Hannove, donde su talento fue guiado y refinado por grandes maestros como Zakhar Bron, quien fue también mentor de violinistas legendarios como Maxim Vengerov o Vadim Repin. A lo largo de su carrera ha actuado en los teatros y salas de conciertos más importantes del mundo, y su repertorio abarca, no solo composiciones clásicas de autores como Bach, Paganini o Beethoven, sino también música contemporánea, ya sea rock, flamenco, jazz o sonidos del Oriente Medio. Afincado en España, ha colaborado con afamados artistas locales, como Paco de Lucía o Joaquín Sabina, y en sus actuaciones combina la excelencia musical con un notable sentido del humor que expresa en largas parrafadas ante un público entregado, en un desenvuelto español no exento de ese acento que lo hace aún más literario y medidamente jocoso. Desde lo más alto, como un Violinista en el tejado de la excelencia musical, ha sabido ganarse a un público que abarca varias generaciones y nacionalidades, demostrando que la música no tiene fronteras y que, con pasión y creatividad, es posible romper los moldes tradicionales.

