Cualquier tiempo pasado fue peor

Julio Moreno López

Dormía de un tirón cada vez que encontraba una cama. Había días que tocaba comer, había noches que no. Fumaba de gorra y sacaba la lengua a las damas, que andaban del brazo de un tipo que nunca era yo”. (“Cuando era más joven”. Joaquín sabina).

 

Mediando ya la cincuentena, esa etapa maravillosa de la vida en la que si te despiertas y no te duele nada, es que has muerto durante la noche, tengo bastante claro que las ventajas de la madurez, la niñez de la vejez, si queremos hilar fino, son muy superiores a las desventajas, mirando la vida a través del prisma adecuado.

Cuando me preguntan que si volvería a los veinte, esa edad en la que uno anda por la vida como si nada fuera con él, en la que la lejana línea de llegada aún no se encuentra entre las preocupaciones que nos asaltan cuando estamos en la cama o en el inodoro, siempre respondo que no. No volvería a la adolescencia, ni siquiera a la juventud, ni por todo el oro del mundo. Bueno, quizá por todo el oro sí, que tener veinte años y no tener que preocuparte por la cuenta bancaria no es nada desdeñable. Pero en cualquier otro supuesto, no volvería. 

Para empezar, tendría que volver a terminar la carrera. Ya me costó bastante la primera vez, la verdad, como para volver a enfrentarlo. Cuando terminé mi formación académica, me juré a mi mismo que nunca volvería a examinarme de nada y, salvo en deshonrosas excepciones, lo he conseguido. Digo en deshonrosas excepciones porque mis exámenes, ya en la madurez y casi en la senectud son de carácter médico, algo que entonces no valoraba que pudiera ocurrir.

Por otro lado, tendría que conquistar de nuevo a mi mujer. La verdad, con lo que ahora sé, con la experiencia que he atesorado, no sería capaz de hacerlo. Pero no solo a ella; entiendo que he tenido demasiada suerte para lo que he merecido, pero mi visión del sexo opuesto ha pupado, como los gusanos de seda en su capullo, y he perdido el interés por este tipo de relación. Sinceramente, los inconvenientes superan a las ventajas. Bajo mi punto de vista, y entiendo que esto es controvertido, la mujer ha venido al mundo para poner al hombre en situaciones complicadas, extremas, diría yo. Solo hay que ver que Eva se jugó el paraíso y la vida eterna por una puta manzana. No por un lingote de oro, o una botella de Chivas doce años. Por una puñetera manzana que compras en el súper a un euro con cincuenta el kilo. Si esto no es tener un desajuste mental, que baje Dios y lo vea; Aunque, bien pensado, ya bajó, ya lo vio y ahora tenemos que ganarnos la vida con el sudor de la frente y terminar en el hoyo por una Golden o una Granny Smith cualquiera.

 

Tendría que volver a alcanzar una posición social, que me he currado a base de trabajo y de heredar, para llegar a ser rentista como lo soy ahora, y no siempre se corre la misma suerte, no siempre tienes una buena mano, aparte de los ases en la manga. Si algo ha salido bien, ¿para qué tentar a la suerte?.  Guárdate las fichas, cámbialas y vete del casino, ahora que vas ganando. Una última mano puede ser el primer paso hacia el abismo. Yo ya pasé por allí y no pienso volver a andar por el lado oscuro.

Por lo tanto, yo no soy de los que opinan que cualquier tiempo pasado fue mejor. Muy al contrario, tengo la fortuna de encontrarme muy cómodo donde estoy, a pesar de haber cambiado los geles de placer por el fisiocrem, a pesar de que ahora necesito gafas hasta para pelar un ajo y a pesar de que parezco el doble de Santa Claus. No cambiaría por nada estos domingos en pijama y zapatillas de felpa, sin duchar y con los pelos como si hubiera metido los dedos en un enchufe.

A pesar de que ahora, cuando me miro al espejo, no me veo a mi, sino a mi padre.

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