Colombia sí tuvo quien le escriba…

José Miguel Fernández Sastrón

Colombia es tierra de gran diversidad, rica en tradiciones, costumbres y expresiones artísticas reflejo de influencias indígenas, africanas y europeas que se unen bajo el manto de su herencia española, en un viaje de ida y vuelta de mutuo enriquecimiento cultural. De los Andes hasta las costas del Caribe y el Pacífico, la cultura colombiana es un mosaico de sonidos, colores, sabores y emociones encarnadas en su amplio legado de grandes nombres en la música, la literatura, las artes plásticas o el cine.

La música es, sin duda, uno de los pilares de la cultura colombiana, con géneros que han alcanzado fama internacional y han puesto al país en el mapa del panorama musical global. A lo largo de décadas, los ritmos tradicionales como la Cumbia, el Vallenato o la Salsa han convivido fusionándose con expresiones modernas como el Pop o el Reguetón, que reina hoy entre los más jóvenes y sacude las noches festivas a lo largo y ancho de todo el mundo. Nombres como Juanes, Carlos Vives, Shakira, Maluma, J Balvín o Karol G se han hecho imprescindibles durante los últimos años en las listas de grandes éxitos a nivel mundial.

 

Sin embargo, hoy me van a permitir dejar de lado mi vocación primordial (o, al menos, primigenia) para centrarme en quien representa uno de los valores más emblemáticos de esta tierra colombiana, como es la lengua española, de la que es referente y ejemplo, pues, no en vano, se dice que en Colombia se habla el mejor español del mundo, a juicio de no pocos lingüistas, que recomiendan esta tierra (y muy especialmente Bogotá, su capital) a aquellos que quieran aprender nuestra lengua común. Y es que, en todo caso, de lo que no cabe la menor duda es de que de un pequeño pueblo en la costa caribeña de Colombia, Aracataca, vino uno de los que mejor lo ha escrito y es seguramente quien mejor refleja la rica tradición literaria del país. Hablamos, naturalmente, de Gabriel García Márquez, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982.

 

Nacido en 1927, «Gabo» –como lo llamaban cariñosamente– fue criado por sus abuelos maternos, y su infancia estuvo marcada por relatos fantásticos, mitos y leyendas que influyeron en su estilo narrativo. Su abuelo, un veterano de guerra, le transmitió, seguramente, el interés por la historia y la política, mientras que fue su abuela, con su particular forma de contar hechos extraordinarios como si fueran naturales, la que sembró en él la semilla de ese “realismo mágico” que envolvió su obra literaria.

Su novela más conocida, Cien años de soledad, fruto de un destello de inspiración mientras viajaba en su automóvil rumbo a Acapulco acompañado de su mujer e hijos, es una piedra angular de la literatura universal y pionera de un género que combina lo fantástico con lo cotidiano. Escribirla le llevó dieciocho meses de encierro, en los que Mercedes, su esposa, hacía malabarismos para sacar adelante a la familia, que se endeudó hasta el punto de empeñar electrodomésticos y todo tipo de enseres domésticos para atender a las necesidades familiares. Pero la fe de ambos nunca vaciló.

 

No era hombre al que moviera un interés crematístico. De hecho, se cuenta que, tras ganar el Nobel, decidió enmarcar el cheque por valor de un millón de dólares que le entregó la Academia sueca y colgarlo en su oficina como recordatorio de su logro. Fue su esposa quien, transcurridos varios meses, tuvo que convencerlo para que lo cobrara.

Orgulloso siempre de sus orígenes caribeños, había recogido el premio con un “liqui liqui”, un traje típico del Caribe colombiano, hecho de lino blanco, lo que causó cierto revuelo protocolario. Su traje blanco se convirtió en un símbolo de su orgullo por sus raíces latinoamericanas y su rechazo a los convencionalismos.

También era un hombre supersticioso, y uno de sus temores fue el volar sobre el océano, aprensión que adquirió luego de un mal presentimiento que tuvo antes de un vuelo transatlántico. Desde entonces, cada vez que tenía que cruzar el océano, prefería hacerlo en barco. Esta superstición lo acompañó durante toda su vida, y lo llevó a rechazar algunas invitaciones internacionales importantes.

 

Después de su reconocimiento universal, y tal vez presionado por el éxito arrollador de Cien años de soledad, experimentó un cierto bloqueo creativo. Temía no poder escribir una novela que estuviera a la altura de su obra maestra, por lo que, durante ese periodo, se dedicó sobre todo a proyectos periodísticos y a escribir ensayos.

No fue hasta 1985 cuando El amor en los tiempos del cólera, la novela inspirada en la historia de amor entre sus padres, lo llevó a reconectar con sus propias emociones y, finalmente, superar sus recelos para legarnos otra obra imperecedera, que junto a El otoño del patriarca (1975), una reflexión sobre el poder absoluto y la dictadura, o Crónica de una muerte anunciada (1981), una novela breve que mezcla el periodismo y la ficción, así otras muchas, completaron un legado de mas de cuarenta obras hasta su muerte en 2014, para demostrarnos que, a diferencia de “El Coronel…”, Colombia sí ha tenido quien le escriba…

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